Mujeres al poder


Se dice pronto, pero la veterana del grupo lleva apenas dos años y medio en el puente de mando de una gran ciudad. Desde que la socialista Anne Hidalgo se erigió en marzo del 2014 en la primera mujer al frente de la alcaldía parisina, una compuerta hasta hace poco inesperada parece haberse abierto en las grandes capitales. Tras París, llegaron -hagan sitio- Barcelona, Madrid, Colonia, Roma, Praga, Bucarest, Turín e incluso Bagdad. Y aunque sacar conclusiones wagnerianas -de esas imponentes y arrolladoras- podría resultar tentador, la novedad del caso apenas permite empezar una conversación que aún arroja más preguntas que respuestas. ¿A qué se debe este incipiente cambio de guardia? Y, sobre todo, ¿qué impacto está teniendo, si es que tiene alguno, en las políticas públicas?

Entramos casi a tientas en territorio ignoto. De entrada, no existen estadísticas mundiales sobre el número de alcaldesas. Apenas hay datos fragmentados que, por cierto, echan cubos de agua fría sobre la tentación de pensar que esta ola naciente es síntoma de que, en paridad, el 'enfermo' evoluciona favorablemente. Porque no lo hace en absoluto. El encuentro global de municipios celebrado el mes pasado en La Haya recordaba con tozudez que solo el 16% de las 57 ciudades más importantes están gobernadas por mujeres, solo tres puntos menos que en España y Catalunya.

TERRENO MUY MASCULINIZADO


Sí, han leído bien: aquí, 8 de cada 10 alcaldes aún son hombres. Sin embargo –y aquí llega el factor inesperado– resulta que el 47% de la población catalana tiene alcaldesa. ¿Tiene eso algo que ver con esta nueva topografía del poder local? «La alcaldía es un terreno muy masculinizado, porque los puestos unipersonales siguen reflejando la segregación vertical -afirma la politóloga Tània Verge, especialista en representacación política, partidos y género-Sin embargo, creo que la elección de estas mujeres no puede desvincularse de la corriente de desafección y desacreditación de la política. En la búsqueda de nuevas formas de hacer política, pueden tener ventaja aquellas personas consideradas 'outsiders', quienes no hayan formado parte de las élites. Y los estereotipos de género refuerzan la idea de que las mujeres son más honestas, empáticas y están más preocupadas por los asuntos comunitarios y el bienestar de la gente. Incluso los partidos, cuando quieren hacer más creíble su renovación o mensaje de cambio, optan por mujeres».


Solo el 16% de las grandes ciudades están gobernadas por alcaldesas


Luego están casos como los de Madrid, Barcelona y Roma, en los que las alcaldesas no vienen de la política tradicional y, por tanto, no han tenido que sortear los tics excluyentes de los partidos. ¿Recuerdan aquello de la segregación vertical? Buscando respuestas a problemas apremiantes, algunas de ellas también han llegado al gobierno local, el de mayor proximidad, "procedentes de la movilización popular y las batallas cotidianas, en las que participan muchas mujeres -explica Maria de la Fuente, directora del Institut per a l'Estudi i la Transformació de la vida Quotidiana-. Además, tengo la impresión de que las crisis favorecen la aparición de liderazgos femeninos. Por un lado, porque las nociones de 'lo que funciona' y lo que no en política se desestabilizan, y esas ideas tienen un fuerte sesgo masculino. Por el otro, porque, por razones de socialización de género y a diferencia de los hombres, las candidatas no suelen medir su éxito personal solo a partir de los logros políticos, y quizá por ello, en momentos inciertos, pueden ser más proclives a arriesgarse al fracaso y liarse la manta  a la cabeza; creo que la inestabilidad es más complicada para ellos».

¿HAY 'HECHO DIFERENCIAL'? 


    Pero, y aquí tocamos hueso, ¿la llegada al poder municipal de estas mujeres, un grueso de ellas vinculadas al feminismo y ajenas al núcleo de la política tradicional, aporta o no un 'hecho diferencial'? Entramos en pendiente resbaladiza, porque todavía no hay investigaciones académicas que hayan cogido esta cuestión por la solapa. Echemos, pues, un vistazo exprés.
    La socialista Anne Hidalgo, mujer, migrante e hija de banlieue, ha invertido esfuerzos en frenar el uso del coche y mejorar la calidad del aire, y ha impulsado dos centros para refugiados que la han enfrentado al Gobierno de su propio partido. Esta semana, Colau hablaba en la cumbre del Habitat de Quito de la necesidad de «feminizar la política», de hacer prioritaria «la vida digna de las personas», de garantizar el derecho a la ciudad de niños, mujeres, colectivo LGTBI, migrantes y refugiados, y de trabajar la cooperación entre ciudades contra la lógica competitiva de los estados. A la cita de Ecuador llegaba la alcaldesa con una hoja de servicios en la que destacan, por ejemplo, el impulso de las políticas sociales; las ayudas a familias monoparentales y mujeres mayores; la lucha contra las violencias sexistas, y ese concepto conocido como superilles que ha provocado un chaparrón de críticas, sí, pero también ha atraído el interés internacional al desafiar la noción de que las calles pertenecen a los coches.

"Las alcaldesas son un referente para las niñas, que apenas tienen modelos potentes en los cuentos y libros de texto", afirma la socióloga Marina Subirats


DE ITALIA A LIBERIA


«Siempre digo que las mujeres construimos de forma diferente. Los hombres lo hacen para hoy, y nosotras para el futuro, porque igual tenemos más interiorizado el dejar una seguridad para nuestros hijos», aseguraba la alcaldesa Cyvette Gibson, de Paynesville ( Liberia), en el artículo '¿Pueden ser las ciudades feministas?' del diario The Guardian. Tras la crisis del ébola, Gibson ha centrado sus esfuerzos en higienizar la ciudad y en sacar a los exniños soldados de las drogas y brindarles un trabajo. Incluso la alcaldesa de Roma, la 'grillina' Virginia Raggi, cuya acción de gobierno está sumida en caos a la italiana –o sea, monumental–, se apeó semanas atrás de la candidatura a los JJOO del 2024 asegurando que ahora toca recoser la capital: «Pregunte a un discapacitado qué significa moverse por Roma cada día, pregunte a un ciudadano que quiere ir en bici, a quienes tienen que andar quizás con un carrito de niño; es una ciudad invivible».

SINTONÍA COMÚN


Si agudizamos el oído, ¿podemos entonces oír un rumor común? ¿Una voluntad de humanizar las urbes, de impulsar los usos compartidos del espacio público, de garantizar los derechos de los más vulnerables, de luchar contra las agresiones sexuales? De acuerdo: no habrán llegado al interrogante y ya les habrán asaltado unos cuantos nombres –¿quizá Ana Botella o Rita Barberá?– que replican con un no feroz a estas preguntas. Pero no dejemos tan pronto esta hebra. Es cierto que las mujeres, sean de una u otra ideología, llegan a la política con experiencias diferentes respecto a sus colegas masculinos. «Y eso, sin caer en esencialismos, puede implicar cambios en el discurso y la gestión, ya que, como 'outsiders' del poder, tienen menos aprendizaje en la confrontación de la política tradicional –apunta la politóloga Tània Verge–. Pero las políticas públicas feministas no tienen por qué ir asociadas al hecho de ser mujer. Las mujeres son un sujeto plural».

Hay una voluntad común de humanizar las urbes, impulsar los usos compartidos del espacio público y luchar contra las agresiones sexuales


Entonces, ¿qué significa exactamente eso de 'feminizar la política'? «Por un lado, que aumente la presencia femenina en las instituciones y, por otro, que lleguen las experiencias cotidianas a los lugares de decisión. Y eso es más fácil que ocurra, aunque sea por estadística, con las mujeres, que tradicionalmente se han hecho cargo de los cuidados que sostienen la vida», apunta de la Fuente. En esta visión 'gran angular', la investigadora también destaca que, a pesar de no ser una minoría, por el hecho de haber experimentado la exclusión y la falta de poder, las mujeres también pueden «formar parte de una lucha más amplia» que incluya los derechos raciales y LGTBI, aunque reconoce que sobre esta idea «habría mucho que discutir».

El tiempo dirá, pues, la longitud de esta zancada. Los topes contra los que ha chocado. Si tras los tiempos de zozobra, como suele pasar, llega (o no) el repliegue femenino. Y en qué queda eso tan fácil de decir pero tan complejo y radical que significa colocar en el centro de las prioridades la vida y no el mercado. Mientras las respuestas van llegando, la socióloga Marina Subirats subraya «la importancia que ya están teniendo estos referentes para las niñas, que apenas encuentran modelos femeninos potentes en  cuentos y libros de texto». ¿Quieren una anécdota? Cuenta Tània Verge que en 1981 Noruega tuvo su primera presidenta del Gobierno. Y que al final de su tercer mandato, se hizo famosa la entrevista a un chaval que se preguntaba: «¿Un hombre puede ser primer ministro?».